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Vivir con miedo

Por Pedro Álamo

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“El miedo llamó a la puerta. La confianza (fe) salió a abrir. No había nadie”. – Martin Luther King

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El miedo es experiencia universal, en todas las culturas, en todas las edades, en todas las personas. El miedo se ha convertido en compañero inseparable en el viaje de la vida y el ser humano hace todo lo posible por encontrar herramientas que le permitan vivir sin miedo. Pero hay dos versiones o dimensiones del miedo.
El miedo tiene una dimensión positiva, es protector, porque permite que desarrollemos nuestra vida haciendo aquello que es correcto y evitando lo que puede hacernos daños o representar una amenaza. Por ejemplo, subimos a un edificio de 50 pisos y no se nos ocurre ponernos detrás de la baranda de contención; el miedo a la posibilidad de caer nos protege. Si no tuviéramos miedo a perder nuestra vivienda, dejaríamos de pagar la hipoteca. Si no tuviéramos miedo a ir a la cárcel, robaríamos un banco si necesitamos unos cuantos miles de euros. Tampoco conducimos nuestro automóvil a 120 kilómetros por hora en una ciudad por temor a una multa o a ir a la cárcel o a atropellar a alguien.  El miedo es nuestro protector cuando ante la precariedad del trabajo hace que nos esforcemos para conservarlo. Ante la amenaza de una enfermedad cuidamos nuestra alimentación o si ya tenemos ciertos síntomas decidimos acudir al médico de urgencias por si se trata de algo grave…

Pero hay otra versión del miedo que es disfuncional, patológica, incapacitante. Se trata de las fobias. Representan un miedo irracional que impide que desarrollemos nuestra vida con normalidad. Es un miedo exagerado, infundado, que genera un estado de tensión permanente hasta el punto de agotar nuestras “baterías” emocionales. Por ejemplo, miedo a salir a la calle por si sufrimos un accidente. Miedo a relacionarnos con otra persona después de haber tenido una experiencia dolorosa de divorcio. Miedo a no dormir por las noches para no tener pesadillas que hacen disparar el ritmo cardíaco, miedo a hablar en público, miedo a las agujas; miedo a espacios cerrados como un ascensor… Son miedos que nos impiden vivir feliz o simplemente que nos impiden vivir.


Miedos en la infancia. Foto: National Geographic


Bessel van der Kolk, posiblemente la mayor autoridad mundial en el tratamiento del trauma, psiquiatra, investigador, científico; ha intentado contrastar las experiencias de sus pacientes planteando correlaciones entre las vivencias del pasado y los efectos que deja en el cerebro, de manera especial en aquellos que han participado en una guerra. Jóvenes que han visto la muerte de cerca, ya no son los mismos cuando vuelven a casa, su vida ha cambiado para siempre. En muchos casos aparece lo que se conoce como flashback: el trauma del pasado aparece con toda su intensidad y se vive la experiencia traumática del pasado como si estuviera ocurriendo en el presente. En uno de sus estudios experimentales concluye: “estábamos viendo una región cerebral activada como si el trauma estuviera ocurriendo realmente” (El cuerpo lleva la cuenta, Barcelona: Eleftheria, 2015, pág. 48), y añade: “Cuando a las personas traumatizadas algo les recuerda el pasado, su cerebro derecho reacciona como si el acontecimiento traumático estuviera sucediendo en el presente” (pág. 50). Esta vivencia es altamente incapacitante al punto de que, por dentro, destruye a la persona y, por fuera, a su entorno familiar haciendo insoportable la convivencia.

Photo: From Dreamstime

¿Qué diríamos del miedo a salir de noche cuando una jovencita ha sido violada? ¿Cómo procesar el miedo cuando un niño es maltratado por sus padres y ha sido víctima de la violencia o el abuso sexual? La huella que el trauma deja en su cerebro no le permite vivir en paz consigo mismo, ni con los demás; el miedo ha tomado el control de su existencia.
Todas estas situaciones de miedo (el que es irracional o el que es producto de una experiencia traumática) ha de ser tratado por especialistas de la psicología o la psiquiatría, pero ojo, no para medicarlos y anularles la voluntad a través de la “sedación” química. Bessel van der Kolk no está muy bien mirado por la industria farmacéutica porque él ha optado por otro tipo de tratamientos que permiten a la persona ser consciente del proceso de sanación que tiene que experimentar con terapias muy valiosas procedentes de distintas especialidades.
Podemos ir por la calle una noche de verano y cualquier ruido nos pone en alerta. Eso es una buena medida de protección porque significa que nuestros sentidos están alerta, activados y preparan nuestro cerebro para reaccionar ante una situación de peligro o amenaza. Pero el miedo puede tornarse incapacitante y, por lo tanto, disfuncional y patológico si impide el desarrollo de una vida normal.
Las experiencias del pasado dejan huella en nuestro interior, condicionan nuestro presente y proyectan nuestro futuro.

 Adán y Eva, Expulsión del Jardín de Edén – Masaccio

El miedo fue la primera experiencia del ser humano una vez instalado en un mundo ideal (huerto de Edén). Nos relata el libro de Génesis que después del acto de desobediencia, Dios se paseó por allí y llamó al hombre y éste le dijo: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo… y me escondí” (Gén 3.10). Cuando hacemos algo que no debemos, tenemos miedo a ser descubiertos; además, el miedo es el más potente mecanismo para controlar a una persona o a una nación. El miedo hace que hagas cosas que piensas que jamás harías. El miedo ha acompañado al ser humano durante toda su existencia y éste ha intentado superarlo dominando a los demás (a través del uso de la fuerza o del dinero). El poder genera una falsa seguridad ya que siempre hay alguien más poderoso o con más dinero.
Como contraste, Jesús de Nazaret dijo a sus seguidores en una ocasión: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Pero ¿cómo es posible esto? ¿Cómo no tener miedo en un mundo que vive bajo amenaza constante? La respuesta se halla en el concepto de esperanza, pues llegará un momento en que la enfermedad desaparecerá, la injusticia será pulverizada, la dominación será erradicada, el desamor será vencido y ya no habrá dolor, ni sufrimiento, ni violencia, ni guerra… Es lo que la Biblia llama “cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia”.



No se requiere reserva. En palabras del artista, ‘la codicia del 1% sigue sin saciar’. Fotografía: slambiguous/GuardianWitness


Me confieso cristiano y, por ello, atesoro la esperanza de un mundo mejor; ese mundo lo hemos de ir construyendo nosotros mismos para aliviar el sufrimiento de los que nos rodean, mientras anhelamos y esperamos un mundo nuevo que vendrá según la promesa de Dios. Pensar que no estoy solo, que alguien me acompaña en todo momento es un alivio enorme que permite enfrentarse al miedo de otra manera. Hace unos días visitaba a mi madre en el hospital -ya tiene 90 años- y me dijo que tenía miedo, pero no tanto a morir, porque sabía a dónde iría (ella es creyente), sino a todo lo previo, a la manera en que se puede producir ese último trayecto de su vida. La muerte se afronta de manera diferente desde la fe.
Todos sucumbimos al miedo en mayor o menor medida; en unos casos para protegernos de circunstancias dañinas; en otros, somos víctimas de una experiencia traumática que nos paraliza de puro terror. Y cada uno ha de encontrar el camino que le ayude a superarlo o, por lo menos, a atenuarlo.
Sufriremos siendo víctimas del miedo, claro que sí; de eso nadie se libra, pero podemos vivir llenos de esperanza, anhelantes de ese mundo nuevo que está viniendo. En ese momento, dejaremos de vivir con miedo. Martin Luther King, a quien leí cuando tenía 15 años, escribió: “El miedo llamó a la puerta. La confianza (fe) salió a abrir. No había nadie”.


Pedro Álamo es Bachiller en Teología y Licenciado en Psicología. Actualmente se desempeña como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Es autor de “La iglesia como comunidad terapéutica” y “Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana”, publicados por la Editorial Clie


Imagen de la entrada: Miedo a la paranoia. Fotografía Trtonw3 Guadian Witness

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