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ESPERANZA

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Pedro Álamo

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“La esperanza es el sueño del hombre despierto” ― Aristóteles

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En medio de la adversidad, cuando el dolor agarrota el corazón, cuando las entrañas se contraen y las tinieblas se ciernen sobre nosotros, anhelamos que la vida cambie, que las circunstancias mejoren, que el sufrimiento se extinga…
Esperamos una especie de milagro que salve nuestra existencia. Es entonces cuando la esperanza se convierte en un oasis que refresca el alma.
 
La vida nos ha enseñado a esperar (a tener esperanza), porque si echamos un vistazo a nuestro alrededor, veremos que está habitado por personas sufrientes, víctimas de la opresión, o seres secuestrados por el hambre o supervivientes del trauma… Gentes que simplemente esperan despertar de un mal sueño… También hay personas que no viven en el extremo del dolor, pero que igualmente esperan poder pagar la hipoteca o que los hijos crezcan sanos y fuertes, o que la enfermedad sea superada, o que el trabajo sea estable… Todos vivimos esperando algo (esperanza).

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En la época de la esclavitud, un esclavo/a no valía nada, era una posesión, un bien adquirido; el amo podía hacer de él (o de ella) lo que quisiera: castigarlo, venderlo, violarlo, matarlo y nadie osaba decir nada; era un derecho sobre su propiedad.
Mientras el esclavo o la esclava anhelaba el momento de ser liberado; eso es esperanza, anhelar una vida mejor. Recomiendo la imponente película de Steven Spielberg, “Amistad”, basada en una historia real y ambientada en 1839, donde un grupo de esclavos africanos es trasladado desde Sierra Leona a Cuba en un barco español llamado “La Amistad” (qué ironía).

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En el día de hoy, millones de personas están sufriendo el drama de la guerra (la defino como un acto de violencia institucional); los que ostentan el poder quieren seguir manteniendo privilegios y envían a los hijos ajenos a luchar al frente mientras ellos están instalados en el confort de su casa. Entonces, aparece la esperanza: ver al hijo que se fue a luchar sin saber por qué, volver a casa, contemplar el fin de las hostilidades, adquirir un mendrugo para alimentar a los niños, superar el frío invierno… La humanidad que sufre espera un cambio porque otro mundo es posible. Eso es esperanza.

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Millones de mujeres en el mundo están sometidas a la tiranía de los varones que ejercen el poder absoluto. Ellos mandan, ellas obedecen; es la ley. Y si alguien osa desafiarla, la violencia se impone y se maltrata a la parte más débil, normalizándose el abuso y la dominación. Entonces, el miedo se abre paso, potente controlador que “obliga” al silencio resignado. Se sufre sin atrevimiento para evidenciarlo; es más, el daño se disimula. La esperanza se vive como un tesoro para clamar interiormente “algún día todo esto terminará”. Por eso, a veces, se contempla la muerte como liberación, porque no puede haber nada peor que el sufrimiento que provoca el dominio de unos sobre otros a través del ejercicio del poder y la fuerza que arrebatan la dignidad y cosifica a otro ser humano. El poderoso intenta silenciar voces, acallar conciencias, reducir libertades… Pero la esperanza se abre paso para susurrar que esa realidad tendrá su fin y, por eso, en medio de la opresión se alberga una sonrisa silenciosa que ilumina el porvenir.

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Imagen: Freedom/Broken Chains (Libertad/Cadenas rotas) – iStock

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“Esperar” y “esperanza” están relacionados. Una de las palabras hebreas que corresponde a nuestro “esperar” tiene que ver con “estar en tensión”, “ansiar”, deriva de “cordel de medida”, al que hay que tensar para medir bien (DTNT, tomo II, pág.130). De ahí que esperanza implique “saber sobrellevar la tensión”. Este antiguo vocablo hebreo que aparece en la Biblia es muy cercano a los términos que significan confianza y lo podemos relacionar con nuestro concepto moderno de resiliencia, al aprender a encajar las vicisitudes de la vida, a levantar la vista y contemplar que todavía hay solución.
 
Por eso la Biblia habla de una “esperanza viva” (1 Pedro 1.3) que tiene que ver con la erradicación del mal, con el fin del imperio dominador que somete voluntades, con la superación de la enfermedad y de la muerte, y se nos presenta a Dios como un Dios de vida, de nuevas oportunidades, de acogimiento, de consuelo, de perdón, de salvación, de justicia, de paz, de amor… Nada que ver con un Dios severo, justiciero, vengador, machista, violento… Espero un mundo mejor y eso es tarea de todos los habitantes del planeta, donde cada uno aporta su grano de arena. Pero, sobre todo, espero un mundo nuevo que Dios está construyendo y que será implantado erradicando el poder del mal. Jesús de Nazaret vino para transmitirnos precisamente estas dos ideas: un mundo mejor (su reino aquí y ahora) y un mundo nuevo (la vida eterna), ambos expresados como un regalo de Dios. Por eso se añade en 2 Pedro 3.13: “Nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”; aquí se cita al profeta que escribió unos 600 años antes y en su texto decía que el efecto de todo esto será la alegría (Isaías 65.17). Sí, el que tiene esperanza, volverá a sonreír y se alegrará. Además, dice el texto que eso es una promesa del Dios de la historia y, cuando Dios promete, se cumple.  

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No nacemos sabiendo cómo superar el sufrimiento, lo aprendemos sobre la marcha, a fuerza de golpes. Hay personas que tienen matrícula de honor en tribulación y todavía son capaces de dibujar una sonrisa en su afectado rostro.
Muchas mujeres en el Congo son violadas y si esto no supusiera suficiente daño, además, son repudiadas por sus maridos, con lo que a un sufrimiento intenso, se añade otro. La mujer queda estigmatizada, manchada, expulsada, sin dignidad, con el cuerpo y el alma rotos… ¿Quién puede soportar eso? El Dr. Denis Mukwege, cirujano de talla mundial y premio Nobel de la paz, fundó en 2011 la Ciudad de la Alegría donde se acoge a mujeres que han sido violadas. Se les ayuda a curar el alma, a recuperar la dignidad; se les enseña un oficio para que puedan salir adelante con su esfuerzo personal sin tener que depender de nadie… Y estas mujeres, que están durante 6 meses allí, son capaces de volver a sonreír porque han recuperado la esperanza (recomiendo el libro escrito por el Dr. Mukwege: La fuerza de las mujeres, Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2022). Son personas que han sabido sobrellevar la tensión, incluso la extrema, a pesar de que haya dejado cicatrices profundas en su alma.

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El poeta libanés Khalil Gibran (1883-1931) dijo que “por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”. Eso es esperanza. Y añade: “En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente”. Eso es esperanza.Y el gran Aristóteles dijo que “la esperanza es el sueño del hombre despierto”.

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Unsetting Dream (Sueño inquietante) – Viktoria Sorochinski

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Yo quiero seguir soñando despierto, quiero seguir esperando un mundo más humanizado en el que todos los hombres y mujeres que lo habitamos seamos hermanos y hermanas, sin distinción de raza, de género, de condición social, un mundo en el que no haya dominadores y dominados. No se trata de una espera resignada; todo lo contrario, la esperanza impulsa a actuar, implica movimiento, esfuerzo, lucha paciente… Por eso el profeta dijo que “los que esperan en Dios tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Biblia, Isaías 40.31). Por eso, elijo vivir con esperanza.

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*Pedro Álamo es Bachiller en Teología y Licenciado en Psicología. Actualmente se desempeña como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Es autor de “La iglesia como comunidad terapéutica” y “Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana”, publicados por la Editorial Clie

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…Una guía para no ser guiado…

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