El Lenguaje: Creador de realidades

15 febrero, 2026 | Psicología, Psicoanálisis, Punto de Vista

Texto

La fuerza de las palabras

Pedro Álamo

Las palabras se pueden usar para alentar o desanimar, honrar u ofender, elogiar o criticar, aliviar o agravar una relación, expresar afecto o indiferencia, alabar o insultar, agradar o molestar… Yehuda Berg dijo que “las palabras tienen el poder de destruir o sanar. Cuando las palabras son verdaderas y amables, pueden cambiar el mundo”.

Sólo hay mundo donde hay lenguaje. (Carta sobre el humaniso, 1947).

―Martin Heidegger

Las palabras actúan como llaves que abren o cierran la producción de neurotransmisores. Cuando decimos palabras negativas como “fracaso”, “no eres capaz”, “torpe” …, el cerebro interpreta esas palabras como una amenaza y la amígdala (centro del miedo) se activa de forma instantánea liberando cortisol (la hormona del estrés) y se bloquea el acceso a la corteza prefrontal (la parte del cerebro encargada de la lógica y la resolución de problemas). Una sola palabra puede aumentar la actividad de la amígdala durante minutos, incluso horas, socavando nuestra capacidad de pensar y razonar.

Por el contrario, las palabras positivas, de aliento o afecto, estimulan el lóbulo frontal y la liberación de dopamina (hormona de la motivación, placer) y oxitocina (confianza, relajación), con lo que se reducen los niveles de ansiedad y aumenta la resiliencia.

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. (La política y la lengua inglesa, 1946).

―George Orwell

El neurocientífico Andrew Newberg y el experto en comunicación Mark Robert Waldman descubrieron que visualizar una lista de palabras negativas durante unos segundos puede empeorar el estado de ánimo de una persona. Nuestro cerebro está programado para sobrevivir y le da más peso a una palabra negativa (amenaza) que a una positiva. De esta manera, para contrarrestar una sola palabra hiriente, el cerebro necesita, por lo menos, tres elogios o palabras positivas para recuperar la homeostasis.

En el siglo I ya se nos instaba a no conformarnos con el statu quo, sino a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Biblia, carta a los romanos 12.2) y en otro texto añade: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Biblia, carta a los filipenses 4.8).

El lenguaje crea realidades

Imaginemos a un niño que ha estado escuchando toda su vida que es tonto… Las palabras definen nuestra identidad. Ese niño terminará creyendo lo que tantas veces ha escuchado y asumirá ese papel, se habrá creado una identidad errónea y toda su vida estará orientada por ese camino destructivo.

Decirnos a nosotros mismos que no somos capaces de hacer tal o cual cosa ya está generando la imposibilidad. Ni siquiera lo hemos intentado, pero ya hemos concluido que no podremos. El pensamiento automático es el que nos lleva a pensar que no podremos; a partir de unos pocos datos generaliza conclusiones, y esto ocurre sin darnos cuenta. El pensamiento racional es más pausado y lógico, considera todas las opciones y puede concluir que es posible aprender y conseguir lo que nos habíamos propuesto, no sin esfuerzo.

En 1968, los investigadores Robert Rosenthal y Lenore Jacobson realizaron un experimento en una escuela de California. Dijeron a los profesores que, según un test de inteligencia, un grupo de alumnos era especialmente brillante y tendría un gran crecimiento intelectual ese año. Esto se lo inventaron, los alumnos eran corrientes. El resultado asombroso fue que, a final de curso, esos alumnos (falsos brillantes) habían mejorado sus notas de forma espectacular. ¿Cómo se explica esto? Los profesores, al creer que eran brillantes, crearon un clima emocional más favorable, les enseñaron más y les dieron más oportunidades, tuvieron mejor atención hacia ellos y un feedback más positivo. Es la fuerza de las palabras.

En los siglos XV-XVI, por motivos religiosos inicialmente y más tarde por motivos económicos, se proclamó que los negros eran inferiores a los blancos. La fuerza de las palabras exterminó la dignidad de millones de personas.

Aristóteles definió a la mujer como un varón imperfecto o frustrado (s. IV a.C.) y así se ha mantenido durante 2000 años. Tomás de Aquino (s. XIII) proclamó que la mujer era inferior en inteligencia y espiritualidad. En 1791, Olympe de Gouges (Marie Gouze) redactó la “Declaración de los Derechos de la mujer y la ciudadana” en respuesta a su exclusión del voto, el acceso a cargos públicos, la propiedad y la educación superior. Fue ejecutada en la guillotina el 3 de noviembre de 1793. La prensa oficial dijo que había olvidado las virtudes de su sexo. La fuerza de las palabras desterró a la mitad de la población.

La apertura a los demás aporta ideas y las conversaciones inteligentes favorecen una riqueza interior extraordinaria. La diversidad pule nuestro interior y cuanto más dispuestos estemos a intercambiar pensamientos, tanto más se desarrollará nuestra mente. Si solo escuchamos a los que piensan como nosotros estaremos sentando las bases de una ideología sectaria e intransigente. Hablamos con los demás no para convencer, sino para contrastar opiniones y aprender. Los que tienen una mentalidad inflexible, ante la dificultad, se frustran y bloquean; por eso, necesitan aferrarse a una ideología estática que les dé seguridad.

Ojalá construyamos sociedades fuertes y dignas donde las palabras se ajusten a la verdad y a la justicia, enfocadas al crecimiento personal y promoviendo la igualdad de todos los seres humanos. Las palabras tienen la fuerza de transformar el mundo, para bien o para mal.

El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian. (Carta sobre el humaniso, 1947).

―Martin Heidegger

Tres Obras de Ever Arracue Arévalo, 2024 ― 2025 https://www.facebook.com/ever.arrascuearevalo/photos

Pedro Álamo es Bachiller en Teología y Licenciado en Psicología. Actualmente se desempeña como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Es autor de “La iglesia como comunidad terapéutica” y “Consejería de la persona. Restaurar desde la comunidad cristiana”, publicados por la Editorial Clie.
*Imagen de la portada: Jeremy Snell / Sahel /https://www.jeremysnell.com/

…Una guía para no ser guiado…

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