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Influencers, siglo XXI
Pedro Álamo
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Vivimos rodeados de expertos, especialistas en temas muy concretos y singulares que dan una opinión apoyada en su conocimiento o experiencia. En una crisis financiera, por ejemplo, los expertos intentan predecir lo que va a ocurrir, hacen pronósticos que, por otra parte, a veces no se cumplen y muchos de ellos ni siquiera supieron anticipar la burbuja que explotó en el año 2008 cuando se puso en jaque la economía mundial.
En las redes sociales han aparecido los “influencers”, personas a las que se les otorga el status de saber orientar sentimientos y voluntades, fascinando a un público ávido de información; la gente les sigue, su opinión cuenta marcando tendencia. No hay espíritu crítico, lo importante son las sensaciones que despierta entre sus seguidores. Hace tiempo se publicó una noticia en una plataforma informativa especializada en el análisis de los medios de comunicación (Etcétera): “Desenmascaran a una famosa influencer juvenil en Japón; era en realidad un hombre de 50 años” (22 marzo 2021).
Los expertos lo “saben todo” de un tema concreto; los influencers son capaces de cambiar percepciones y decisiones entre sus seguidores desde una seguridad apabullante. Sin embargo, cuanto más sabia es una persona, más consciente es de sus limitaciones y de lo mucho que le queda por aprender. Por ello, conocimiento, inteligencia, opinión y sabiduría no son lo mismo. Ya Aristóteles (s. IV a.C.) decía que “el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”. Y el gran Isaac Newton, matemático y filósofo (1642-1727), concluyó que “lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”.
La persona sabia más que respuestas tiene preguntas, porque no cesa de cuestionarse el conocimiento adquirido, siendo consciente del recorrido pendiente; y, como dije ya en una ocasión, son las preguntas las que mueven el mundo. La persona sabia no muestra seguridad, sino prudencia en sus afirmaciones. Juan Ramón Jiménez, en su obra “Ideología” publicada en 1929, recoge una idea fundamental de la filosofía antigua:
“Cuando te pregunten algo, contesta siempre que no sabes, aunque sepas. Porque si dices que no sabes, te enseñarán hasta que sepas; si dices que sabes, te preguntarán hasta que no sepas”.
Los medios de comunicación buscan respuestas concretas cuando hay un acontecimiento espectacular y se recurre a expertos de todo tipo para encontrar certezas. Lo vimos en la pandemia a comienzos del 2020. Pero las certezas son arriesgadas porque evitan las preguntas y sin preguntas, enterramos sueños, anulamos posibilidades, evitamos oportunidades y eliminamos la curiosidad. El sabio es cauto, porque no lo sabe todo; siempre está en tránsito, buscando más información y, cuando la encuentra, no le importa reconocer el error y rectificar. Por el contrario, el insensato se aferra a su desacierto.
Vivimos tiempos en los que la seguridad de las afirmaciones que se hacen, en el mejor de los casos, otorga poder para influenciar y, en el peor, para dominar al otro. No importa tanto el contenido, como el continente; es decir, la forma en la que se expresan las palabras pesa más que lo que se dice. Cuanto más contundente y llamativo es el mensaje, más likes; da igual si lo que se dice no tiene base científica o está tergiversado faltando a la verdad. La humanidad necesita que alguien le ofrezca seguridad para aliviar las carencias personales; no se cuestiona, solo se asume como verdad lo transmitido, aunque sea una barbaridad.
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Sabia no es la persona que adquiere conocimientos, sino la que vive de acuerdo con ellos. Por eso, en el crecimiento personal, es importante leer, meditar, estudiar, comprender, cuestionar, reflexionar e integrar lo que se aprende para vivir en armonía. Solo entonces, caminaremos por la senda de la sabiduría y no nos dejaremos encandilar por los influencers.
En un tiempo en el que abundan las palabras conviene recordar el siguiente extracto de la magistral obra Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoievski:
«Lo más importante es que no se engañe a sí mismo. Quien se engaña a sí mismo y escucha sus propios embustes acaba por no discernir la verdad, ni en su fuero interno ni a su alrededor, y deja en consecuencia de respetarse a sí mismo y de respetar a los demás. Y, al no respetar a nadie, ya no puede amar, y al carecer de amor, con tal de estar ocupado y entretenido, se entrega a las pasiones y a los burdos placeres y llega a la bestialidad en sus vicios, y todo ello por culpa de la mentira incesante, a los demás y a sí mismo. Quien se engaña a sí mismo puede también sentirse ofendido antes que nadie. Porque sentirse ofendido, en ocasiones, resulta muy agradable, ¿no es así? Y uno puede saber que nadie lo ha ofendido, sino que él mismo ha urdido la ofensa y ha dicho falsedades por mero afán de presunción, que ha exagerado para completar el cuadro, que se ha atado a una palabra, que ha hecho una montaña de un grano de arena… Uno puede saber todo eso y, sin embargo, es el primero en sentirse ofendido, hasta un extremo que le resulta placentero y le proporciona una profunda satisfacción, y, por esta vía, llega a experimentar auténtico rencor… Pero levántese, siéntese, se lo suplico, todo esto no dejan de ser gestos falsos…»
(Extracto de Los hermanos Karamázov – Fiódor Dostoievski)
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