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Hay tres clases de personas: Los de arriba, los de abajo y los que caenEl Hoyo

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Galder Gaztelu-Urrutia, transmite un mensaje social sólido. La película trata sobre una prisión que se construyó en una estructura de torre donde los prisioneros son alimentados con la ayuda de la plataforma que viaja de arriba a abajo a través de un gran agujero en el medio. La plataforma se detiene en cada celda durante unos minutos y en ese breve tiempo los internos deben consumir su parte de comida y dejar el resto para los presos que se alojan en la celda inferior. Sin embargo, las personas en la celda superior consumen más y dejan poca comida para los presos que se quedan en la celda inferior. Debido a la inanición y la falta de comida en la celda inferior, los personajes nos llevan a presenciar un completo caos hasta llegar al canibalismo. Ambientada en un futuro distópico, El Hoyo, es como el espejo que muestra la condición actual de nuestro mundo.

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El Hoyo y las obviedades no tan obvias

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Por Nicolás Panoto

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El Hoyo es una producción española fascinante, que te lleva al borde de lo insoportable, no sólo por ser sofocantemente bizarra sino porque su crítica no deja títere con cabeza. Lo “obvio” que la película remarca repetidamente en boca de uno de sus trágicos personajes, no parece tan obvio. El Hoyo, esa cárcel cuya exagerada estructura encarna la desigualdad de una sociedad absurdamente compartimentada, presenta no sólo la obviedad de la naturalización de sus estamentos, sino de su funcionamiento rizomático, para tomarnos de la metáfora de Deleuze y Guattari, quienes afirman que “un rizoma no cesaría de conectar los eslabones semióticos, las organizaciones de poder… Un eslabón semiótico es como un tubérculo que aglomera actos muy diversos, lingüísticos, pero también perceptivos, mímicos, gestuales, cogitativos: no hay lengua en sí, sin concurrencia de dialectos, de patois, de argots, de lenguas especiales” (Rizoma, 17). Es decir, es un hoyo que legitima una jerarquía sin necesariamente dar cuenta de quiénes lo administran, controlan o representan, sino simplemente creando comportamientos rizomáticos a través de eslabones semióticos que van de boca en boca, de gesto en gesto, dejando así de percibir su Origen y su Destino. Es una cárcel que va más allá del Panóptico foucaultiano como dispositivo de poder, ya que su lógica deja el control para hacerse sentido común.

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Cada nuevo recluso/a que llega, es instruido por su compañero/a e inmediatamente entra en la inercia para hacerse de las sobras de los de “arriba”. Un “arriba” impersonal, que sólo cobra un rostro visible en quienes están en el estamento superior al de uno/a. ¿Pero cuán arriba llega todo esto? Nadie lo sabe; nadie los conoce (aunque en el film si podemos verlo representando, aunque no necesariamente, como uno esperaría, en un sector particular que evidencia una clase superior, sino a través de sus sirvientes, en un llamativo silencio que sólo nos permite ver los gestos de sus reclamos). Sólo distinguen que lo que viene es sobra y viene de arriba. El parpadear de dos luces y el control de la temperatura, sirven de dispositivos semióticos suficientes para el control del tiempo, del momento y de la punición. No hace falta advertencia de algún ser supremo o fuerza represiva particular: sólo basta seguir al pie de la letra los dispositivos gestantes del ambiente. La mayor amenaza es quien comparte la habitación, ya que su reacción es impredecible en caso de que la situación se complique.

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La miseria humana en todas sus formas es lo más impactante de la película. No importa dónde te lleve el tiempo: sea en el nivel 6 o el nivel 250, vamos a hacer lo que sea para nuestra sobrevivencia, para ejercer “el derecho de hacer lo que se nos den los cojones” con la comida que nos llega, como exclama uno de los presos y, literalmente, cagarse en los de abajo. ¿Por qué razón? Ninguna en particular: simplemente dejar claro quién está arriba y quién abajo (ya que siempre habrá alguien más abajo a quien cagar y escupir en la cara) Y si la mecánica del tiempo y la “mala suerte” nos pone en un lugar de desesperación, no dudaría, inclusive, en comerme a mi prójimo para sobrevivir. ¿Para qué exclamar por ayuda si el sistema es imposible de desentrañar? El de arriba, al final, no es tan distinto a mí. Nadie conoce el mando, todo se repite, y sólo asoma la muerte frente a cualquier intento de vulnerar su mecánica.

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Nunca faltan quienes, en un destello de locura (en este caso, representado por un Otro subalternizado en todos los niveles: inmigrante, negro y musulmán), se apoderan de un complejo mesiánico. Pero ¿contra quién declarar la guerra? En uno de sus diálogos con el protagonista, quien insistía en “hacer entrar en conciencia a los de arriba”, exclama: “¡pero si la administración no tiene conciencia!” El Hoyo tiene su propia inercia. Es más: ¡el ingreso es voluntario! No sólo eso, sino que el sistema, en realidad, no es tan malo como parece. Como asevera una de sus exfuncionarias (quien, una vez dentro, confesó desconocer la crueldad de lo que apoyaba), dice: “lo que queremos es crear actos de solidaridad espontánea”. Allí la típica ingenuidad liberal, que lava sus manos frente a un sistema que fagocita con su desidia, en nombre de las “libertades individuales”.

Concluyendo, la película muestra lo no tan obvio de la despersonalización de los procesos sociales y, especialmente, de las dinámicas de poder. Sólo requerimos de breves gestos, de cortos movimientos dentro de lógicas de sentido hacinadas, para ser parte de un cálculo y un sistema inhumano, que parece no tener centro, ni retornos, ni diferencias. Los de arriba y los de abajo ya no son significantes de grupos reales y homogéneos, sino un binomio inscrito en la cotidianeidad, que siempre nos ubica simbólica y literalmente por encima y debajo de algo o alguien, por lo cual tenemos que actuar acordemente.

Pero, así como hay una despersonalización de las lógicas de poder, también los hay de las lógicas mesiánicas. Las transformaciones se logran construyendo contrasentidos, contaminando desde adentro los mecanismos instaurados, los comportamientos naturalizados, los resultados obvios, tal como afirma uno de los protagonistas: “el mensaje es el mensaje; no necesita de portador”. Una declamación fundamental en tiempos donde los discursos de emancipación cargados de mesianismos innecesarios deben cambiar hacia narrativas, reconocimientos y prácticas que den cuenta que es posible desnaturalizar los procedimientos que nos piden las jerarquizaciones y cosmovisiones establecidas, pero desde abajo, desde nuevas prácticas colectivas, desde nuevos sentidos.

El mensaje es el mensaje; no necesita de portador -El Hoyo

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¿Qué vamos a comer?

Obvio, lo que les sobra a los de arriba.

Si todo el mundo comiera solo que necesita, la comida llegaría al nivel mas bajo.

(El Hoyo, una obra que cuestionará tu comprensión de la moral)

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Nicolás Panotto  es director gerente de Otros Cruces. Estudió Doctorado en Ciencias Sociales at FLACSO Argentina. Anteriormente ha laborado como coordinador en Servicios Pedagógicos y Teológicos y como becario en CONICET.

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…Una guía para no ser guiado…

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