Toulouse-Lautrec: lo horrible y su aspecto mágico

 

             

           

                  Uno es horrible pero la vida es hermosa – Toulouse-Lautrec                                       

             Por Ysi Ortega          
            
 
 
En la antigüedad los griegos asociaban lo bello con lo bueno y lo feo con lo malo. En las tragedias, los personajes buenos solían ser bellos y los malos eran feos. Suele asociarse a la fealdad con lo negativo, sin embargo, lo feo tiene una dimensión estética que no se identifica con valores negativos, según dicen algunos estetas como Sánchez Vázquez. Calificar de feo un ser real no significa negarlo estéticamente, en todo caso significa  que lo feo se da en un objeto que por su forma es percibido estéticamente. La Estética (del griego αἰσθητική [aisthetikê] que significa “sensación, percepción” y este de αἴσθησις [aísthesis] que es “sensación, sensibilidad” y e -ικά [-icá] ‘relativo a’) es la rama de la filosofía que estudia la esencia y la percepción de la belleza.
En la sociedad en que vivimos, la belleza y la fealdad siguen siendo temas que siempre se debaten y que han sabido tener un lugar considerable al paso de los años. La realidad concreta es que en muchos casos no hay un consenso total respecto a este tema, debido a que se trata de una determinación en la cual la subjetividad ostenta un peso importante.
A la esfera de lo feo también le sobreviene el tiempo y sus cambios, así que no siempre lo que se ha considerado feo en una época sobrevive como tal en otras y esto parece confirmar que lo feo se da en la esfera de lo sensible.
En el arte se suele utilizar las imágenes de los personajes y caracteres “feos” como seres negativos, para criticar y poner al desnudo los aspectos de la vida que destruyen la belleza del hombre. En paralelo, lo horrendo, lo grotesco y desconcertante, como puede ser un asesinato, los horrores de la guerra o la miseria moral del hombre son muchas veces un motivo de inspiración para que el artista transforme esa penosa realidad, desde su propia perspectiva, en una obra de arte. Una cosa queda clara y es que lo feo produce una sensación o impacto, más no placer o disfrute, al mismo tiempo que constituye una afirmación del ideal de la belleza o lo bello dentro de la estética.
Los seres humanos, en su mayoría, se basan en la ausencia de una apariencia armónica para hablar de fealdad y precisamente esto nos remite a la vida del brillante pintor francés Toulouse- Lautrec, quien no solo vivió en primera persona el ser identificado como un hombre “feo”, sino también por haber delatado en muchas de sus obras, la cruda realidad de un mundo en el que el brillo de la “belleza” ocultaba lo que era realmente feo. 
   
“¡Pensar que nunca habría pintado si mis piernas hubieran sido un poco más largas! “ (Toulouse –Lautrec) 
                                                                                                                                                                     
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec (1864 – 1901), conocido simplemente como Toulouse-Lautrec, nacido en noble cuna, hijo único de una familia ilustre de la aristocracia francesa, fue un pintor, dibujante y cartelista a quien se considera una de las figuras más originales del arte del siglo XlX y uno de los grandes representantes del post-impresionismo.

 

Como consecuencia de la consanguinidad de sus padres, algunos autores han sugerido que el célebre pintor francés podría haber sufrido de Picnodisostosis, una rara enfermedad hereditaria perteneciente al grupo de las enfermedades por depósito lisosomal, que se le empezó a manifestar en 1874, afectándole el desarrollo de los huesos. En el año 1878 sufrió la rotura de su fémur izquierdo, al año siguiente la del derecho, razón por la que sus piernas sufrieron un desarrollo anormal y, aunque conservó un torso normal, sus piernas no crecieron más.
Sus habilidades para el dibujo fueron estimuladas por su tío, el conde Charles de Toulouse-Lautrec. Comenzó a pintar en 1878 en el taller de René Princeteau, pintor de temas militares y ecuestres. Más adelante estudió pintura con Joseph Florentin Leon BonnatFernand Cormon.
Lautrec era muy observador y Edgar Degas –considerado, aunque él rechazaba esa catalogación, uno de los fundadores del Impresionismo – fue una importante influencia para él, influencia que se vio reflejada al preferir los ambientes cerrados (en contraposición a los paisajes del impresionismo), precisando así de la luz artificial – que Lautrec aprovecharía ingeniosamente – para trabajar en el efecto de la luz, jugando con los colores y la subjetivad en los encuadres. De hecho, se ha llegado a decir que las figuras parecían haber sido enfocadas por el lente de una máquina fotográfica debido al efecto que les daba con sus pinceladas.
Otra influencia predominante fueron las composiciones lineales de los grabados japoneses, por los intensos contornos y los colores planos (resultado de aplicar las tintas sobre la superficie de forma continua con la misma intensidad y sin gradaciones ni otros efectos de claroscuro).                                                                                                                                                                                                                         
Toulouse-Lautrec por su tara física, se consideraba excluido del mundo aristocrático y burgués y su particular experiencia personal le hacía buscar refugio entre los explotados y los marginados.  A pesar de eso, llevó su condición física con estoicismo y su deformidad no le impidió relacionarse y mantener una vida social muy activa. Con su obra, libera el mundo de los tabúes de la misma forma como lo había hecho Courbet. En ellas resalta los aspectos más ocultos de una civilización burguesa, que se entregaba al vicio únicamente en ciertos lugares (nada que no podamos comprobar aun en nuestros días).  Así fue que frecuentó los cabarets del distrito parisino de Montmartre, uno de ellos el reconocido Moulin Rouge, lugar en el que se relacionó e hizo amistad con un grupo de artistas e intelectuales entre los que se encontraban el pintor holandés Vincent van Gogh, el escritor irlandés Oscar Wilde (a quienes retrataría ) y la cantante francesa Yvette Guilbert.                                                                                                                                                                                                           
 
En 1885 abrió un taller en Montmartre y desde entonces se dedicó a la creación pictórica, integrándose de lleno al ambiente artístico parisino que en aquella época buscaba por diversos medios la superación del impresionismo.  
  
No puedo, no puedo y tengo que hacerme el sordo y darme de cabeza contra la pared -sí- y todo eso por un arte que huye de mí y que nunca entenderá todo el mal que por él me he echado encima… ¡Ay, querida abuelita, hace bien usted en no entregarse, como yo de tal modo a la pintura! Es más cruel que el latín, si se la quiere ejercer seriamente como yo  (Toulouse-Lautrec)   

 
 
 
 
En 1890 ya había madurado su estilo, se apartó del Impresionismo tal como revela el rico cromatismo y la importancia dada a la línea en la formación de la figura estilizada; es decir, reduciendo sus formas a lo esencial. Sus pinturas y grabados, realizados con amplias pinceladas son en su naturaleza, dibujos lineales, su cromatismo es teatral y fantasioso, hecho de rojos oscuros y verdes. Toulouse-Lautrec insistió mucho en las expresiones de las caras para revelar un carácter o un estado emotivo y agigantó los rasgos hasta caricaturizar los rostros. Los temas de sus obras están representados en ocasiones con espíritu cómico, pero a menudo hay una nota de melancolía más allá del humorismo en la que se llega a sentir su desencanto y desesperación -sobre todo en las escenas de los prostíbulos – al representar a criaturas marginadas por la sociedad, tan estrafalarias como humanas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   La principal contribución de la obra de Toulouse-Lautrec está en ese punto de armonía entre la voluntad de hacer la crónica pictórica de un universo determinado  y la construcción de un lenguaje plástico nuevo.
                                                                                                                                                        
           
                      
 
 
                                                                                                                                                             Lautrec sobresalió, indiscutiblemente, por su forma de plasmar la llamativa atmósfera de la vida nocturna, artificial, sórdida y densa del París de aquellos años, motivo por el cual llegó a ser muy solicitado por los dueños de los cabarets, quienes le pedían que dibujara carteles para promocionar sus espectáculos. Logró vender un gran número de obras y fue un artista reconocido. Su popularidad radicó en sus ilustraciones para revistas y carteles publicitarios más que en la pintura al óleo.

 

 
 
 
Toulouse-Lautrec, a pesar de ser consciente de que su obra era mayormente inspirada por lo conocido como “feo”, trataba los temas con simpatía. El pintor parecía no amargarse por lo que veían sus ojos día tras día, pero tampoco se hacía ilusiones con respecto a la vida. Había nacido “feo” y creció rodeado de lo feo; sabía de la falsa felicidad, de la corrupción, de lo que era repudiable al común de la gente por el simple hecho de “no verse bien” o de no “ser bien visto”.  En su hacer pictórico, consideraba que todos sus personajes tenían el mismo valor, tanto el intelectual, el caballero de sombrero de copa, el obrero, la chica de servicio, la mujer galante etc. Su ojo avezado le permitió reproducir la vida tal como se vivía desde los ojos de su propia sociedad y desde el punto de vista de una persona que ya había superado las diferencias de clase y sus barreras.                                                                                                                                                                                                                                                 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             
 
Su estilo y su técnica nos revelan a un artista sensible y a un observador agudo de la condición humana. Sus litografías y carteles se siguen imprimiendo actualmente y aunque fue influido por el impresionismo, su obra se caracteriza por rasgos acentuadamente personales. Su carrera artística, a pesar de una breve vida y marcada por la enfermedad, fue muy prolífica.  
 “Siempre y en todos lados lo horrible tiene sus aspectos mágicos; es emocionante encontrarlos ahí, en donde nadie nunca antes se había percatado.” (Toulouse- Lautrec). Después de todo, el brillante pintor era la evidencia de que se puede ser “bello y feo” a la vez, de que esta paradoja es posible. 
Dicen los estoicos que El sabio es rico aunque mendigue, que es noble aunque sea siervo y que es bellísimo aunque sea muy repugnante” Así, Epicteto asegura que “La belleza del hombre no es una belleza corporal”, y agrega: “Tu cuerpo y tus cabellos no son hermosos, pero pueden serlo tu mente y tu voluntad. Haz que éstas sean bellas y serás bello. Será la virtud la que dé al cuerpo la verdadera belleza”….                                                                                                                                                
 

El impresionante palacio de la Berbie (siglo XIII) es la sede del Museo Toulouse- Lautrec desde 1922. Ahora renovado, ofrece la colección inicial con la que se creó la Galería Toulouse-Lautrec que fue donada por la madre del pintor tras su prematura muerte, con el fin de perpetuar su genio y reivindicar su figura como artista. Más de mil obras, entre cuadros, litografías, carteles, dibujos y estudios preparatorios, acogen las salas medievales del citado museo.

“No hay objeto tan feo que, en determinadas condiciones de luz y sombra o de proximidad con otras cosas, no parezca bello. No hay objeto tan bello que en determinadas condiciones no parezca feo” (Oscar Wilde)

 

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