Despertar soñando

 

 

Somos hijos de nuestro tiempo y de nuestro entorno.

Estábamos contentos de existir, pero más contentos estábamos de ser jóvenes. Soñábamos que éramos inmortales. Nos enseñábamos en las ideas que cambiarían nuestra manera de pensar y de ver el mundo.  Creíamos que nuestra palabra tenía el poder de transformar. Que al incentivar la lectura, la escritura, a pensar, a entender el mundo y sus razones, nuestro empeño daría paso a una nueva generación de gente. Gente que no se conformaría con pasar por esta vida sin “vivir”, sin dejar profundas huellas sobre las que se continuaría construyendo. Confiábamos en los dirigentes y en las instituciones. Podíamos jurar que así se generaría la crisis saludable que abriría puertas y limpiaría el camino del futuro. Realmente deseábamos que la gente comprendiera nuestro propósito, ese proyecto de vida que nos hacía sentir inmortales.  
 Nuestra juventud nos había empapado de optimismo. Reíamos y danzábamos por el solo hecho de estar vivos, ¡de existir! Soñábamos que en un futuro no muy lejano se escribiría la crónica de nuestra proeza y de que nuestro pensamiento fuera el motor para encender corazones y mentes una vez más. Sentíamos que era nuestra tal generación….  
 
 
Y aquí estamos, nuevamente la realidad haciendo su trabajo. Fracasamos sin pretextos. Lo que parecía, no era. Las estrategias que orquestamos no fueron las adecuadas. La desilusión llegó por partida doble, por los otros y por nosotros mismos. Conocimos cara a cara el lenguaje de la tristeza. Ante el recuerdo de aquellos primeros años, en los que subidos sobre una tarima proclamábamos a voz en cuello nuestros prolijos discursos, para luego tener que encontrarnos en círculos escondidos. Así aprendimos también a llorar para nunca más olvidar de hacerlo. Nos dimos cuenta que lo que vemos de nosotros por fuera se acaba y eso nos hace bien mortales. Aprendimos que no solo cuenta lo palpable y el alma nos lo recuerda. Éramos ingenuos y muchos de nosotros, egoístas. 
                                                                                                                                                                       Hoy, los años nos pasan la cuenta. Confirmamos que las decisiones que uno toma en la vida: o nos pagan o nos cobran.  No todas las cosas eran tan claras ni definitivas. Pensar y dialogar parece estar condenado. La conquista más importante aún no la hemos conseguido, la de nuestro interior. Nuestros himnos patrios dicen que somos libres y estamos más dependientes que nunca. Palabras como libertad, novedad, creación, irracionalidad, vida, son un clamor de protesta en nombre de lo más propio del hombre como es su interioridad, su fondo irreductible.
 Por otro lado, la razón venía desprestigiándose a pasos agigantados, aunque sepamos desde siempre que no es lo único válido que existe para salvarnos de nuestra decadencia. Se acentuaba la desconfianza hacia la razón libre, el pensamiento independiente y, por supuesto, el desprecio hacia las humanidades en general. En todas partes la contienda era ganada  por el interés propio, por la pasión mal direccionada, por el amor a lo incorrecto, por la vagancia intelectual, por los prejuicios que nos llevan a “razonar” sin  fundamentación.  Iba ganando la emoción de las multitudes ante lo vano, ante el aturdimiento virtual; gana la desesperación por el último iPhone, por el ultra HD- Smart QLED TV o por las vacaciones y el tour de compras a Miami….  

                                                                                                                                                         Pareciera que merecemos lo que hoy nos toca ver. Con todo, hay todavía un cierto aliento. La esperanza es lo último que se pierde, dicen, y quien no anhela cobijarse debajo de ella. Recientemente, en un diálogo con Julie Furlong (periodista, escritora) ella comentaba: Una buena parte de la población mundial está despertando, llegando a la alta consciencia…y no porque se hubiesen rebelado, es más el peso de la luz que la sombra que, por miles de años, han querido sellar a los humanosBuscar personalmente la verdad en nuestras vidas y en ese andar incluir a nuestra sociedad es importante, pero, persistir en ser mejor cada día y procurar que el otro también lo sea, es superior.

El desafío se ha lanzado y es posible que aún, acordándonos de lo experimentado y aprendido, en alguna esquina, repentinamente, los sueños nos vuelvan a juntar….

 

Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar  (Antonio Machado)

 
Ysi Ortega

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